Cuando yo era niña, a mi madre le encantaba la repostería.

Y recuerdo con fruición esos momentos de entrar en casa y correr a la cocina atraída irresistiblemente por el olorcito de un pastel de manzana dorándose en el horno…

Mmmmmmm…

La boca se me hacía agua mientras veía la masa creciendo tras el cristal.

Mi madre hacía postres de todos los tipos pero creo que uno de sus favoritos era ese: la tarta de manzana.

Recopilaba recetas e iba probando de vez en cuando nuevas maneras de hacerla, añadiendo o quitando algún ingrediente, con algún detalle diferente…

Pero en mi memoria siempre resultaban deliciosas.

Muchas veces yo le ayudaba (o la ralentizaba un poco, la verdad…), pero eso ella nunca me lo dijo, pues siempre apreciaba mi aportación infantil con una bonita sonrisa.

Le echaba una mano para pesar la harina, pelar las manzanas, poner a precalentar el horno, batir la masa…

Esto último era una de las cosas que más me gustaba porque, una vez que ella había llenado el molde para el pastel, luego me dejaba “rebañar” el recipiente donde había batido la mezcla y comerme los restos.

Se reía porque no entendía cómo me podía gustar la “masa cruda”, pero a mí me encantaba su dulzor.

¿Tal vez porque era un presagio de la futura recompensa del sabor de la tarta terminada? Pues a lo mejor…

Pero el caso es que luego, una vez terminada la preparación y adorno de la tarta, había que meterla al horno.

Y venía la parte “peor” para mí…

“Esperar”.

Esperar a que se horneara.

Y, por si eso fuera poco, esperar después a que se enfriara antes de comerla.

Demasiado para mí en aquellos momentos.

Se me hacía eterno…

Poco a poco fui aprendiendo que, ir a abrir el horno cada tres minutos “a ver si ya está”, en vez de acelerar el proceso, lo ralentizaba porque la temperatura interior descendía cada vez que la puerta se abría.

Así que era peor para mi impaciencia, porque al final tardaba más.

Darle más “chicha” al horno subiéndole la temperatura tampoco era solución, porque se podía quemar por fuera y quedar cruda por dentro, lo que deslucía el resultado.

Estar mirando la tarta pensando sin parar: “venga, venga, venga…” tampoco funcionaba…

Resumiendo: que la tarta llevaba su tiempo y, como me pusiera yo y mis impaciencias, no le afectaba en absoluto.

Si acaso, ¡al revés!

Tardé, pero aprendí a que las cosas llevan su curso.

Y que el resto era “energía malgastada” de mi mente queriendo acelerar el proceso.

Además, esa impaciencia, me dispersaba, no me dejaba pensar con claridad, ni hacer ninguna otra cosa (más productiva) mientras tanto.

Pasaron muchos años (y muchas tartas), hasta que me di cuenta que en la vida me pasaba lo mismo con los temas y cambios importantes.

Cuando me marcaba un objetivo, lo quería cuanto antes YA TERMINADO.

Y el resto, te lo imaginas…

¡Cuánta energía desperdiciada!

Es por esto que el proceso de planificar objetivos vitales es tan importante y a la vez debe ser flexible, orgánico y el resultado sentirse “natural”.

Porque es muy fácil caer en la trampa de nuestra mente poniendo un plazo menor del real, por las ganas de verlo terminado cuanto antes.

“Esto seguramente llevaría 5 semanas, pero voy a ver si para fin de mes lo tengo…”

¿Te suena…?

A veces sin darnos cuenta, nos “engañamos” así, pero suele traer consecuencias.

Porque, cuando el reto no se ha conseguido a tiempo…

…lo normal es sentir frustración, más impaciencia…

Incluso pensar que no valemos, que no hemos trabajado lo suficientemente duro…

Enfadarnos, buscar culpables…

Incluso llegar a dejar de ponernos metas, pensando que así “no nos equivocamos, ni nos sentiremos defraudados”…

Pero eso nos bloquea.

El proceso de horneado del pastel es gradual, orgánico, el aroma se va desprendiendo lentamente, a su ritmo…

Podemos elegir disfrutar del proceso o malgastar energía queriendo “mágicamente” adelantarlo.

Las cosas se terminan cuando se terminan, el pastel se enfriará más o menos rápido si fuera hace fresquito o mucho calor, pero lleva “su tiempo”.

Y eso es perfecto.

Aprender a marcar objetivos teniendo en cuenta estos ritmos y sin dejarnos influir por “las prisas” de la mente es todo un arte.

Pero como todo en la vida, se puede aprender…

Y aquí te doy una de mis herramientas favoritas en forma de frase, para repetirte en momentos de espera “ante la tarta aún en el horno”:

“Los ritmos del universo son perfectos para mí”.

Te aseguro que es una sentencia que se cumple siempre.

Pero integrar su significado te ayudará a gestionar tu energía.

Y a avanzar más armoniosamente en tus objetivos vitales importantes.

¿De qué es “tu tarta”…?

 

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