Entre los libros de recetas que tengo en una pequeña estantería en la cocina, hoy he divisado un pequeño “tesoro” escondido.

Sabía que tenía que estar por allí, pero hacía mucho tiempo que no lo veía.

Se trata de un pequeño cuaderno de espiral con el título “Recetas fáciles” en la portada, escrito de puño y letra de mi madre, hace muchos, muchísimos años…

Está bastante manoseado y sobado por el uso.

Me ha hecho sonreír releer el contenido, tan simple, tan básico, tan bien explicado…

Y me ha hecho pensar y “aterrizar” una idea que rondaba mi mente desde hace unas cuantas semanas.

Porque, para mí, aprender a cocinar, ha sido y es, un indicador de mi evolución vital.

Empezando desde el principio, de niña, en mi casa, la comida era muy rica.

O al menos a mí me lo parecía, porque…

Pensándolo “fríamente” y salvo raras excepciones, a todos nos gusta la comida “casera”.

Y sobre todo la “casera”, pero la de tu “propia casa”, vamos.

Imagino que porque es a la que tu paladar se ha acostumbrado desde el inicio y tu cerebro la asocia con algo conocido, seguro y sabroso que te ha permitido alimentarte y crecer.

Fijo que después, en la vida, encontramos platos, sabores muy diferentes, que igual nos gustan más, pero esos de la niñez tienen un peso muy importante, seguramente inconsciente, al igual que todos esos valores, ideas y patrones que tomamos de nuestra familia y repetimos, muchas veces sin darnos cuenta, o bien nos rebelamos contra ellos si descubrimos que no nos dejan evolucionar.

Siguiendo con mi historia, pronto llegó la época de comedor escolar, donde tuve que enfrentarme a otros platos diferentes y que me hizo descubrir un mundo nuevo de sabores (y de compañeros de mesa) fuera de lo familiar.

Alguna vez “ayudaba” en casa a hacer la comida pero tengo que decir que me gustaba más comer que cocinar (y eso es algo que se mantiene).

Con la universidad, me llegó el turno de tener que cocinar yo de forma más habitual.

Se puede decir que mi cocina, fruto de años en piso de estudiantes, era básicamente “de supervivencia”.

Y de ahí salió la libretita que he encontrado hoy.

En ella, mi madre había apuntado una serie de platos sencillos y que, digámoslo así, eran «resultones» para el tiempo que llevaba hacerlos.

Y con eso iba tirando.

Años más tarde, cuando me decidí a empezar a cocinar “en serio”, mostré todo el arsenal de mi mente racional.

Porque, aunque ya sabía algo, me apunté a un curso de cocina “para aprender bien las bases” y empecé a hacer “mis pinitos” más complejos.

Y allí estaba yo revisando las recetas: si faltaba el más mínimo ingrediente, elegía otra.

Medía a conciencia: si ponía 125 gramos de “X”, eran 125, y no 120 o 132…

Lo mismo con temperaturas y tiempos.

Me ponían “de los nervios” esas expresiones generales tipo: “una pizca de…”, cocinar “unos minutos”… (¿unos? ¿cuántos exactamente? Reclamaba mi mente racional…)

Por no hablar de ingredientes de tamaño variable, porque un calabacín pequeñito o un enorme calabacín, no pueden contar en igualdad de condiciones como simplemente “un calabacín” para la receta.

Vamos, que no dejaba pasar ni una en mi afán de control del proceso.

Todo esto sería genial para una cocina industrial, con todos los parámetros controlados y para lograr un patrón de producto homogéneo que “siempre” salga igual.

Pero claro, en la cocina de casa…

Por no hablar de que intentaba optimizar los tiempos haciendo varias recetas a la vez que usasen similares ingredientes.

Y podría seguir mucho más…

Pues eso, hasta que fui aprendiendo, relajándome…

Que si faltaban chalotas, le echaba cebolla…

Y un poco más de tomate triturado del que pone la receta, igual hasta hace que quede más rico el resultado.

¿Que no tenía jengibre en polvo? Pues no se lo echaba…

Y así hasta que llegué al punto de empezar a utilizar de vez en cuando la filosofía del título de otro libro de cocina que está en la misma estantería que la libretita: “Abre la nevera y cocina con lo que encuentres”, de Xabier Gutiérrez.

Porque pienso que es ahí donde está la “magia”.

En la vida, es posible a veces planificar los menús que vas a hacer la semana que viene, hacer la compra en función de ello y cocinar lo que te apetece.

Pero también es muy común que haya sorpresas y que las cosas no salgan como lo habías planificado, o se te olvide comprar un ingrediente, o se termine otro en medio de la preparación, o vengan invitados inesperados…

Y, el haber aprendido a ser flexible e imaginativo, te permite continuar la marcha, como si tal cosa.

A lo mejor hasta descubres una nueva variante de la receta que te gusta más.

No necesitar de todos los ingredientes que quiere tu mente para la «receta perfecta» sino cocinar con lo que tienes “en la nevera” es fundamental para seguir avanzando.

Es como hacen los “verdaderos cocineros”, siendo capaces de improvisar, adaptarse a lo que hay, optimizar…

Y que encima, el plato salga rico…

¿Cómo llevas tú lo de “cocinar” en tu vida…?

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