El mes de Febrero era muy especial en mi casa cuando yo era niña.

Se nos “acumulaban” las celebraciones.

Y es que primero llegaba mi cumpleaños y luego, justo una semana después, el de mi abuela materna.

Ya sé que todas las abuelas son especiales para sus nietos, así que la mía no iba a ser diferente.

Sentí el cariño único de esa “madre por partida doble”, todos y cada uno de los días que compartimos juntas.

Me pusieron de nombre Pilar en su honor.

Y encima era mi madrina.

Pero es que además, últimamente, me han estado viniendo a la cabeza un montón de cosas excepcionales sobre su vida, así que me ha apetecido escribir y dedicarle esta entrada de mi blog, justo el día de su cumpleaños.

Porque resulta que mi abuela…

…no fue siempre “mi abuela”.

Me explico:

Cuando conocemos a alguien en un papel (en este caso a Pilar, como mi abuela), lo hacemos con una edad y unas características propias de su rol…

Es decir, yo siempre la conocí ya madura y en sus últimos años de existencia.

Pero hace un tiempo, viendo fotos antiguas, me empecé a preguntar cómo habrían sido los detalles de su vida antes de mí.

En especial, me “movió” una fotografía en la que, por la fecha escrita en la parte posterior, mi abuela tendría…

…mi misma edad.

¡Uf!

El corazón me dio un vuelco al mirar esa mujer tan diferente a la que yo conocí.

Pero era ella, sin duda:

Pilar, “la Maragata”, de belleza y fuerza sin igual.

¡Cuántas cosas le preguntaría ahora sobre su vida!

Pero cuando eres niña, hacer eso no se te ocurre…

Sus croquetas, la exquisita leche frita, su receta de pasta con ciruelas que no he conseguido nunca igualar…

Eso son sólo ejemplos de una de sus habilidades.

Porque, como buena mujer rural de comienzos del siglo XX, era una experta en…

…casi todo.

Antes no había las facilidades que tenemos ahora para conseguir cualquier cosa cómodamente con un “click” delante de una pantalla.

La vida en el pueblo era dura y lo mismo hoy tocaba amasar, que zurcir la ropa, o lavarla a mano en el lavadero, cardar la lana o tejer, cuidar del ganado o realizar las labores del campo.

No conocían el concepto de “vacaciones”.

Y es que, además, en la comarca leonesa de la Maragatería donde nació mi abuela, las mujeres tenían una labor si cabe todavía más compleja ya que muchísimos hombres solían irse fuera de casa a trabajar por temporadas largas, para conseguir mayores ingresos y mantener la familia.

Algunos algo más cerca, pero Cuba, Argentina, Estados Unidos… eran algunos de los destinos más comunes (y no viajaban a ellos precisamente en avión…)

Y mientras tanto, la mujer quedaba en casa al cargo de los hijos (que solían ser muchos), y de todas y cada una de las labores del campo que por la temporada tocasen.

Es decir, que las mujeres maragatas, estaban acostumbradas a realizar todas las tareas, incluso muchas que en otros lugares realizaban normalmente los hombres, debido a su dureza física.

De hecho, cuando mi abuela se casó y fue a vivir al pueblo de mi abuelo, en otra comarca, la gente se maravillaba de su capacidad de trabajo y fuerza.

(E incluso muchas mujeres la miraban “algo mal”, porque araba y hacía muchas más cosas que allí eran consideradas “terreno masculino”.)

Imagino la ilusión con la que recibieron a su primer hijo, “Gabrielín”, pero nació sietemesino, así que se unió a los muchos niños que no superaban los primeros años de edad en la época.

Y luego nació mi madre, eso sí que fue alegría.

Pero pronto empezó la guerra, esa de hermanos contra hermanos que, en el caso de mi abuelo Gabriel, fue literalmente así.

Y esa fue la causa de que, si algo tienen en común casi todas las fotos que conservo de mi abuela, es que en todas tiene una expresión de tristeza.

Se quedó viuda con una niña, mi madre, de año y cuatro meses, en pleno conflicto bélico y en una ciudad extraña.

Y tuvo que tirar para adelante, con su fuerza habitual, luchando y trabajando…

“Estudiando a la niña”, como había querido mi abuelo, a pesar de la escasez a todos los niveles de la época de la postguerra.

Creo que no puedo ni hacerme una idea de lo que pasó, una vez volvió al pueblo, cuidando también a la vez a sus padres hasta el final.

Vida dura, siempre en ropa de luto o, como mucho, gris…

Pero la foto suya que ilustra esta entrada del blog es especial.

No sé cuántos años tendría pero era jovencita aún.

No sonríe pero en sus ojos está el germen de esa mujer valiente, que pudo con todo y que es mi ejemplo de fortaleza ante los obstáculos y retos de la vida.

El día que se apagó su luz en la tierra era, cómo no, también Febrero.

Así que este mes es de las dos.

¿Quién sabe si algún día también yo me despediré un Febrero de esta aventura vital…?

Pero mientras tanto, quiero seguir llevando con orgullo su nombre.

Y, por ella, porque con su esfuerzo nos hizo la vida más fácil a todos: sonreír…

¡Gracias por todo, abuelita Pilar!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Descárgate tu «Decálogo para una mente inspirada.»