Para mí era casi una obsesión…

Desde muy niña me encantaba todo lo relacionado con ellos.

Si me pedían: “venga, dibuja algo, lo que quieras”.

Yo, sin dudar, elegía pintar uno.

Con todo lujo de detalles y recreándome en ello, disfrutando cada trazo.

Esto fue mucho antes de la era de Internet, así que la información no era tan abundante, pero leía todo lo que caía en mis manos sobre ellos…

En definitiva: me encantaban.

Me estoy refiriendo a los caballos.

Sobre todo los alazanes, con su color rojizo y a veces unas manchas blancas en la cabeza.

Todavía no he entendido la razón de esa inclinación mía, pero muchos de mis primeros recuerdos de niñez están ligados a ellos.

¿Qué le vas a pedir a “los Reyes”?

“Un caballo.”

¿Quieres algún regalito por tu cumpleaños?

“Un caballo.”

Si es que no sé para qué me preguntaban…

Yo lo tenía muy claro, era casi una fijación.

Incluso cuando me rebatían mi deseo con cuestiones prácticas del estilo de: “¿Y dónde lo vas a meter?

Yo replicaba con convencimiento: “en la carbonera”.

Lo tenía todo planificado.

De aquellas vivíamos en una casa donde la caldera estaba en la parte de abajo junto con un pequeño espacio para almacenar el carbón y yo, con toda mi inocencia, pensaba tener a mi precioso caballo allí…

Así que nada ni nadie me detenía en mi sueño.

Era muy persistente.

Cada vez que se acercaba una ocasión, yo seguía reclamando mi deseo.

Y así se me empezaron a acumular caballos de juguete en mi habitación: los de los “clicks de Famobil”, unos cuantos de peluche, el del “Geyperman”…

Mi frustración crecía por momentos.

Pero a ver, decía: que yo quiero un caballo “de verdad”.

Si este es de verdad”, me replicaban, “mira, tócalo”…

Uffff….

Aún recuerdo como si fuese ayer una feria donde había una carpa en la que se celebraba un concurso de dibujo.

(¿A que vas anticipando qué iba a dibujar yo…?)

Pero es que lo mejor de todo es que realmente el concurso consistía precisamente en “dibujar un caballo”.

Vamos, que el premio tenía mi nombre escrito, aunque solo sea por todas las veces que había practicado el tema.

Tampoco fue el mejor dibujo de mi infancia, lo reconozco, pero gané en mi categoría de edad.

(Es que, pensándolo bien, no podía ser de otra manera…)

Y el premio era: una hora de clase de equitación.

Yo estaba exultante, es increíble cómo tantos años después (yo tendría unos 6 o 7 por aquel entonces), todavía recuerdo la sensación.

Mi padre me llevó en coche al centro ecuestre y allí estaba “mi caballo”.

Me ayudaron a subir, era enorme y precioso.

Disfruté esa hora como nunca, aprendiendo a dirigir mi animal con las riendas para un lado y para otro, acelerando el paso, haciéndolo parar.

Creo que no dormí en una semana de la emoción…

Así que supongo que eso apaciguó de alguna manera mi “obsesión”.

Pero luego pasó el tiempo, fui creciendo y supongo que amplié mis horizontes en lo que a gustos se refiere.

Mi siguiente contacto con caballos fue muchos años después, ya de adulta, cuando realmente aprendí a montar e hice unas cuantas salidas por el campo.

Cuando tuve la oportunidad, mis recuerdos infantiles hicieron acto de presencia, claro, y se avivó la llama, pero de otra manera muy diferente.

Disfrutaba de los paseos, pero ni se me pasaba por la cabeza poseer un animal, por muy bonito que me siguiese pareciendo. (Y menos en una carbonera…)

Sentí también alguna de las inconveniencias de ese medio de transporte (sobre todo al “sentarme” al día siguiente de las travesías).

Y, con la perspectiva que te dan los años, comprendí que realmente había sido una suerte que mi sueño infantil no se hubiese materializado.

(Al menos como yo lo deseaba en mi idealización mental…)

Pero, eso sí, descubrí que había algo en todo ello que se había mantenido.

Yo quería un caballo por la belleza del animal, para cuidarlo… pero sobre todo, por la sensación de libertad, de avanzar rápido por los caminos…

Al principio no me di cuenta hasta que un día me quedé pensando…

“Pero, si eso ya lo tengo.”

Mi sueño hace tiempo se cumplió, aunque materializado de otra manera.

Si me conoces un poco o sigues mis publicaciones, seguramente me habrás oído decir muchas veces que…

Me encantan los coches”.

¿No será que he cambiado caballos “de carne y hueso” por los de “vapor” (CV)?

Pues estoy convencida de que es así.

La belleza estética de la carrocería y la ingeniería del motor, la sensación de avance y libertad en carretera…

¡Qué curioso…!

Y es que a veces, los sueños cambian de forma.

Porque evolucionan, al igual que te vas desarrollando tú en la vida.

Pero su esencia se mantiene.

No te aferres a formas obsoletas de deseos.

Busca en su interior, quítale las envolturas, la apariencia física.

Encuentra la sensación en el corazón, esa que a veces solo tú entiendes, y cierra los ojos a lo tangible por un momento.

Pon tu radar en acción con esa energía.

Descubrirás que, a lo mejor, ya tienes en tu vida lo que tanto anhelabas.

O, si todavía no es así, habrás puesto la dirección correcta en tu GPS.

Y por fin avanzarás conscientemente por el camino más rápido hacia tu objetivo real.

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